blog / Idas de olla

El desencanto del Stradivarius

Almudena | 06/05/2012, 22:29 | Helarte, Idas de olla | Comentarios (0)

Recuerdo la última vez que quise dejar el piano. Estaba en clase de instrumento y mi profesor me explicaba las sutiles diferencias entre la colocación de la última falange de los dedos a la hora de tocar Mozart o interpretar a Bach. No sé si será por la influencia de Hollywood, pero en mi recuerdo, el volumen de la voz de mi profesor disminuye paulatinamente hasta que su discurso deja de ser comprensible y se transforma en una masilla oscura de palabras lejanas. Un diminuendo demasiado cinematográfico, sin duda, pero imprescindible para dejar oír, por última vez a escondidas, la voz de la bicha: «¿pero qué cojones dice este tío?».

Creo que fue la primera vez que me ensordecieron las dudas. O la primera que no las acallé, supongo que da lo mismo. Pero recuerdo que en ese momento, ante las tripas abiertas del piano de cola, supe que ninguno de sus mecanismos podía ser sensible a la posición de cada una de las falanges de mi dedo. Nada en la tecla, o en el martillo, o en las recién afinadas cuerdas podía cambiar por bajar el dedo formando 45º o en vertical. Sólo estaba en mi mano (nunca mejor dicho) el control de la velocidad, o la fuerza del ataque. Pero más allá de eso, ¿qué sentido tenía tanta parafernalia? ¿Cuánto de lo que estaba «aprendiendo» se basaba en la mera tradición o el pensamiento mágico?

De hecho, los conservatorios están llenos de enseñanzas difíciles de demostrar. Los músicos clásicos son perfeccionistas de atar. Especialistas de lo mínimo. Tejedores de nanosonidos prácticamente imperceptibles. Hasta el punto de que uno duda de que el objeto de su infinita búsqueda exista siquiera.

Ante el teclado, el pianista persigue hora tras hora el sonido perfecto, el movimiento preciso, el pájaro de fuego que a veces roza con los dedos. Porque de hecho cree que ese pájaro existe, que atraviesa las manos de los grandes (Kissin, Sokolov, Gilels) y que sólo con disciplina y obediencia a su maestro, podrá cazarlo también algún día. Yo misma he batido los brazos en búsqueda de un sonido más «volátil» o he acariciado las teclas, con gran dulzura, en uno de los extremos de la maquinaria fría que golpea las cuerdas del piano. En el conservatorio no hay alumnos: todos somos discípulos. Y la mayoría de las lecciones no se cuestionan: se cree en ellas y en el maestro porque para obrar la magia, el ritual es preciso.

Hace unos meses, un estudio a doble ciego demostraba que ni los músicos profesionales podían reconocer la supuesta superioridad de los violines Stradivarius.  A fin de cuentas, casi todo el poder de un mago radica en que los demás «sepan» que lo es. Sin embargo, no dejo de preguntarme cuánto de lo creo saber sobre la música o sobre tocar el piano está igualmente basado en símbolos, en tradiciones mágicas, en significados y verdades consensuadas por esa saga de maestros y discípulos a la que una vez pertenecí.

Bach, para sacudirse la escarcha

Almudena | 07/10/2011, 22:46 | Idas de olla | Comentarios (3)

Se me quedó grabado en la memoria, hace ya tiempo, un vídeo de la Universidad de Cambridge titulado “Just add water”. En él se habla de la “vida seca”, organismos aparentemente inertes, con aspecto de polvo o ramas secas, capaces de atravesar todo tipo de torturas en un estado indistinguible del de un cadáver, a los que, sin embargo, basta con añadirles un poco de agua para que vuelvan de inmediato a la vida, para que recuperen su flexibilidad y empiecen otra vez a crecer…

Ver vídeo

Me he acordado estos días de esas imágenes porque, en un arranque de buena voluntad, he decidido recuperar mi fuga preferida de Bach (segundo tomo del Clave Bien Temperado, sol menor). Volver a tocar una pieza que lleva demasiado tiempo criando polvo en el cajón de las partituras suele ser un proceso tedioso, a veces, incluso, desesperante: cada nota suena a reproche, es un recuerdo torpe y roto de lo bien que solía sonar aquello… y lo mucho que lo has dejado desmejorar. Como quien engorda 20 Kg y se mira en pelotas en el espejo: volver a tocar es un juicio autodestructivo y, en mi caso, suele acabar con la tapa del piano cerrada en un golpe seco.

Ver vídeo

Pero con Bach… no. Bach, ese cabrón de las 5 voces, el compositor abstracto que jamás pensó en nuestras manos, regresa a ellas como el agua a los rotíferos: sólo con rozarlas, las resucita, sin que parezca importar el tiempo pasado… y sé que existe una explicación para ello: sé que aquella pieza, imposible de memorizar como “música” (la cantidad de líneas melódicas la hace demasiado compleja), se grabó por fuerza bruta en mi memoria motriz. Sé que esta “resurrección” es posible porque yo nunca conocí esa partitura: sólo mis dedos llegaron a intimar con ella (y, al parecer, ellos tienen más memoria que yo).

Pero, al margen de esta explicación probable, la sensación es escalofriante: yo soy apenas espectadora del proceso, no recuerdo ni una nota de la partitura. Pero mis dedos, reptantes al principio, se ponen en pie sobre las teclas. Noto cómo crecen, cómo se vuelven más seguros, cómo trepan cada vez más rápido por el teclado. Son bichos, pequeñas arañas inertes que se están sacudiendo la escarcha para volver de nuevo a la vida, a las venas hinchadas en las muñecas, al ligero dolor muscular, a la euforia y el nervio necesarios para dar cada corchea en su sitio, precisa, fuerte, firme, afilada.